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usurpación de terrenos en Playa Sardina (Popoyo)
El miércoles, 19 de noviembre Julia nos enseñó parte del terreno disputado a lo largo de Playa Sardina (Tola, Rivas, Nicaragua).
Cruzamos el río sobre las 15:15, con marea baja a media, cuando se notaba que comenzaría a subir rápidamente.
Sabíamos que era un poco tarde y nos mojaríamos el culo al cruzar el río a la vuelta, pero no nos importaba porque queríamos ver esas tierras tan codiciadas por Flor de Mayo y la comunidad indígena de las Salinas de Nahualapa.
Caminamos tranquilamente por la arena de la playa de Sardinas, pasando de largo una loma repleta de árboles a la izquierda, ramitas, trozos de madera y conchas en el suelo y
algunos surfistas a la derecha, sentados en sus tablas dentro del agua, esperando que alguna olita apareciera de la nada, porque en esos días el mar estaba muy calmadito. Pasada la pequeña colina, dejamos a la izquierda una zona un poco más baja y luego se nos apareció otra loma que empezaba a agrietarse como resultado del agua que debió deslizarse con fuerza por el pendiente en la temporada de lluvias. Al fondo, enfrente, podíamos ver
ya desde la esquina de la bocana y cada vez más cerca, dos majestuosos hoteles surgiendo como setas en la colina que se sitúa enfrente de las rocas que dividen las playas Sardinas y Santana (?? confirmar).
Llegamos al lugar en qué Julia pensaba que íbamos a encontrar a los pobladores construyendo un muro nuevo pero no vimos a nadie. Yo observaba el lugar con admiración y apenas llegaba a interpretar todo lo que mis ojos y oídos podían captar. LEFT: 048 Se trataba de un rincón de mundo precioso, muy verde y de temperatura agradable, buen abrigo para el sol y la lluvia. Al mismo tiempo intentaba generar mapas mentales del terreno… ¿dónde terminaba lo que pertenece a Flor de Mayo y dónde empezaba lo que la comunidad reclama como suyo?
Vimos un cerco de alambre y madera destrozado. En la zona que ocupábamos, el cerco reseguía una carretera antigua y, aunque se apreciaban algunos pequeños postes
de madera, el alambre a menudo se había collado a árboles. Al intentar abrir el cerco, el alambre había permanecido colgando de los árboles aproximadamente la altura de la cintura. Caminamos más al sur y continuamos viendo el cerco cortado; luego una zona más limpia bajo los árboles testimoniaba la superficie que ocupó el campamento que la comunidad mantuvo durante meses para defender su tierra. Pregunté a Julia sobre el campamento y nos explicó que deberían ser unas 500 personas tomando turnos, porque cada uno tenía que intentar continuar con sus actividades cotidianas pero también era necesaria una fuerte presencia de gente allá. Los indígenas abandonaron el campamento en agosto 2008 después de sufrir distintas amenazas y agresiones con armas por parte del Sr. Christopher en persona, un socio y sus trabajadores.
El campamento era necesario para prevenir la invasión de la tierra, ya que ese terreno colindante con la costa no está permanentemente habitado: los pobladores de las Salinas de Nahualapa viven en el pueblo, a lo largo de la carretera actual, no inmediatamente frente al mar.
Finalmente observamos unas estacas en el suelo que claramente marcaban alguna cosa pero no supimos qué; estaban alineadas en el terreno de Christopher y continuaban hasta la arena en el terreno de la comunidad.
De vuelta, cada una caminó a su ritmo, disfrutando del masaje de la arena en la planta de los pies, el sol cayendo encima del mar, la brisa marina acariciándonos la piel y los palitos de madera y la conchas decorando la arena que pisábamos, oscurecida por las olas que de vez en cuando llegaban a nuestra altura empujadas por la marea creciendo.







